Mi huída jadeante de los cobardes me propone otro cuento de futuro, lejos de la valentía. Pero eso es algo que, de repente, no me atormenta ni me ahoga. Este cansancio no causa dependencia. Y las malas intenciones, los malos entendidos e, incluso, las palabras, lo alimentan. No lo dañan ni lo destruyen. La desconfianza, servida fría, aparece. Seré un caballero odiado y que odia, siempre fuerte. En cuanto recupere la compostura.
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