28 dic 2016
Hubo alguien que sí se fijó
(gracias a algunas personas, normalmente)
que incluso los recuerdos más desordenados y las fotos más borrosas y mal encuadradas siguen siendo un tesoro
12 oct 2011
Ella tiene veintiuno.
La verdad es que lo que yo quería era vivir en una casa más grande. Con dos pisos, aunque detestaba las escaleras; con las paredes blancas, aunque las odio más aún y he terminado por llenarlo todo de recortes de periódico. Yo lo que quería era una casa de risa. En la que poder raptarnos los fines de semana, y los días de diario. Donde durmamos descalzos en el sofá y desayunemos como reyes. Yo lo que quería era una casa en otro continente que esté lejos de todo, pero no lo suficiente por si algún día me da la morriña y quiero volver pronto a casa. Y poder coger el móvil y decirte que te veo a las 7.40 en la esquina de La Kaixa. Llegaré un par de minutos tarde, por si no quieres esperar.
13 jul 2011
Desolación, Madrid.
30 jun 2011
14 jun 2011
La perspectiva de la mentira.
6 jun 2011
Que dejen de pasar documentales de ratas.
31 may 2011
La querías porque llenaba tu vida de Alma.
22 abr 2011
Guión de un ligoteo.
EXT. CALLE ANTIGUA DEL CENTRO DE MADRID – ATARDECER.
Un barrendero amontona la basura en la entrada de un restaurante de lujo. En la calle solo hay una pareja de ejecutivos trajeados. MARTINA (21) aparece corriendo desde una calle secundaria. Lleva un vestido de tirantes de flores y chaleco de color salmón y calza botas de militar. Al llegar a la puerta del bar colindante al restaurante de lujo, se suelta la larga coleta castaña y entra decidida.
INT. BAR – ATARDECER.
En el bar hay una decena de personas bebiendo solas. Dos jóvenes extranjeros discuten con el camarero. MARTINA se dirige a la parte trasera de la barra. ÁNGEL (37) escribe en una agenda mientras bebe de un vaso de tubo.
MARTINA
Madrid da asco en Agosto. Los de Barcelona tienen razón: no tenemos playa y es como vivir en un asadero.
ÁNGEL la mira mientras habla y, cuando termina, vuelve a escribir en su agenda. Tiene el pelo castaño y ondulado, casi hasta los hombros. Viste unos pantalones vaqueros y una americana. Es diestro y aprieta con violencia el bolígrafo plateado en las hojas.
MARTINA se desabrocha el chaleco, pero no se lo quita.
MARTINA
No hay nada que hacer en Madrid en agosto. ¡Es tan desolador! Ni siquiera parece que haya mendigos en las esquinas, ni músicos en el metro. Todo el mundo está fuera. Todos han hecho sus maletas y se han ido felices con sus familias. Bueno, puede que algunos no sean felices, ¡pero al menos están en la playa! ¿Qué importa si la que está a tu lado no te hace feliz, o si tus hijos son unos ignorantes que no llegarán a nada en su vida, mientras tengas el mar abierto en frente? El mar abierto… Salvaje. ¿Y qué hay de salvaje en Madrid esta noche? Bueno, ni siquiera ha anochecido y ya estoy convencida de que esta noche será una porquería. ¡Míranos a todos los que estamos aquí! Es este ambiente asolador el que nos exprime y deprime. ¿Lo has notado?
ÁNGEL, distraído, levanta un segundo la mirada de sus notas y mira a MARTINA confundido.
ÁNGEL
¿Notar el qué?
MARTINA
¡Este calor asfixiante! ¿Cómo no vamos a oler mal si la temperatura en esta ciudad no baja de los treinta grados? Parecemos los animales tristes del zoo de Madrid, vagando por estas calles esperando a que alguien nos lance una botella de agua fría. ¿Es que no sientes el aire enmohecido? ¿No se te pega la camisa al pecho? ¡Por Dios, pero si llevas una americana! Debes estar enfermo. ¿Acaso no estás a punto de desmayarte?
ÁNGEL se mira el pecho y después fijamente a MARTINA. Ella lleva las uñas cortas pintadas de rosa y colorete por encima de las mejillas. Tiene un lunar debajo encima de la ceja derecha que a veces se esconde con el flequillo, cuando mueve rápido la cabeza.
ÁNGEL
No tengo calor. Puedo pedirte una cerveza, o agua, si tú sí tienes calor.
MARTINA
Claro, gracias. Una cerveza estará bien. No será como bebérmela en la arena de una cala del sur, pero estará bien. Por cierto, me llamo Martina. Nací en Granada pero me mudé cuando tenía cinco años. No recuerdo muchos detalles de mi infancia, pero conservo alguna fotografía de cuando aprendí a andar y se aprecia que amaba la playa. Bueno, no sé hasta qué punto se puede amar a un objeto sin vida. Aunque, pensándolo bien, el mar tiene más vida que tú y que yo juntos. Me refiero a que no sé si se puede amar algo que no sea humano. Ya sabes, amor… amor.
ÁNGEL
Yo amo mis dibujos.
MARTINA
¿Dibujas? Uau, adoro a los artistas. Lo máximo que puedo dibujar es un paisaje soleado de montañas. ¡Se me da tan mal! De verdad, te reirías de mí si vieras mis garabatos. ¿Te dedicas a ello? Seriamente, digo, como medio para ganarte la vida.
ÁNGEL
Bueno, sí. Hago algunas cosillas… Cabeceras para unas revistas e ilustraciones para una editorial infantil. Nada del otro mundo.
MARTINA
¡Eso es maravilloso, me encantan los niños! ¡Quiero tener centenares de hijos! Uno artista, otro cocinero, un cirujano, una bailarina de ballet… ¿No te parecen adorables esos mocosos? Porque yo adoro a esos renacuajos. ¡Aunque luego cuando crecen…! Pero bueno, no se puede pensar siempre en el futuro. Hay cosas que hay que hacer ahora, y si luego un hijo te sale tonto, ¡pues qué le vamos a hacer! Pero hay que pensar en el presente. En este abril. Que ya han pasado demasiados abriles y hemos dejado sin hacer muchas cosas que queríamos haber hecho. ¿No te parece? Yo ya estoy cansada de tantos errores. Es como vivir un eterno agosto en Madrid. Ya está bien de dejar de hacer cosas. Así que recoge tus cosas, voy a enseñarte unos jardines que hay aquí cerca.
MARTINA se levanta corriendo de taburete. ÁNGEL la mira confundido e intrigado sin moverse.
MARTINA
¡Vamos, levántate! Déjate llevar, que no te guíe tu cabeza, que te guíen tus ganas.
ÁNGEL
Martina…
MARTINA le interrumpe mientras empieza a hacer pataletas delante de él.
MARTINA
¿De qué tienes miedo? Ya eres todo un hombre, no debería darte miedo un jardín. No es el jardín del Edén, no vamos a tener todos esos hijos si tú no quieres.
ÁNGEL
Vale, vamos al jardín. Pero si tenemos un hijo, se llamará Simón, como mi padre.
MARTINA
Vale, acepto el trato. Firmo sentencia para el primero de nuestros hijos.
25 ene 2011
Chica, especialízate.
12 ene 2011
Feliz año nuevo.
Sin embargo, los últimos meses (y un día) he sido la narradora de mi propia vida. Y cuánto he crecido. Al principio hubo daño, y palos y golpes, y abrazos y conversaciones que lo cambiaron todo.
Y ahora, se me escapa entre los dientes un 'feliz...'. Porque me he aficionado a colgarme de hilos infinitos. Y a coleccionar saltos. Y a tenerlo todo a manos llenas.
10 ene 2011
A ti quién.
27 sept 2010
Hogar, dulce hogar.
25 ago 2010
18 ago 2010
Verano, viaje al infierno.
23 feb 2010
Mañana.
Manuel Puig
Descubrí este julio que hay dos tipos de despedidas: las deseadas y las impuestas. El conflicto es que la mayoría son impuestas. Y a esas las odio. Sobre todo porque tienen una fecha designada previamente, muy previamente. Y voy abriendo el camino, voy acercándome a lo que me gustaría hacer antes de decir el adiós definitivo. Y cuando me lleno de valor y voy a decir lo que me atormenta ya es demasiado tarde. Siempre es demasiado tarde cuando se trata de decir las cosas para las que hace falta valor.
17 feb 2010
Madrid, ciudad pesadilla.
(a ojos de quien no es de Madrid)
Dicen que vamos a mayor velocidad de la permitida. Qué sabrán ellos. Malgastan su tiempo preguntándose cuál debe ser el momento que recuerden antes de morir, antes de dormir, antes de coger el avión que les traiga aquí. Invierten horas en la búsqueda, porque -explican- tienen un millón de recuerdos entre los que elegir, y quieren irse sonriendo.
Dicen que vamos a mayor velocidad de la permitida, me piden la documentación de muy malas formas. Y susurran entre ellos, y se cansan de explicar que la gente de Madrid, la Ciudad Maravilla, somos de corazón endeble y desacompasado. Pero qué nos creemos que somos; acaso somos algo más que poesía o literatura en desuso, abandonada. Madrid, como si por ser de Madrid pudiéramos olvidar antes, curar más rápido las heridas, ¡incluso no dejar cicatrices!
Les miro. No les culpo por pensar eso de mí. Es verdad que voy a mayor velocidad de la permitida. Voy a doscientos kilómetros por hora en la carretera que me lleva de tu ventrículo izquierdo a tu aurícula derecha. Sí, sobrepaso el límite de lo permitido. Posiblemente también sea cierto que nunca me detengo a observar. Y que jamás extiendo los brazos para sentir el aire, ni me imagino nubes cuando nos las hay. Pero soy capaz de sobrepasar la velocidad permitida para ir de su ventrículo izquierdo a su aurícula derecha: no podemos ser tan aberrantes, tan defectuosos.

