Mostrando entradas con la etiqueta Hospitales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hospitales. Mostrar todas las entradas

6 jun 2017

La suerte de que te miren con buenos ojos

"Tras meses de tratamiento mi pelo se ha rendido. Me lo he tenido que cortar. Es un problema pequeño, el drama auténtico es que hace tiempo que tengo que mirar la muerte de cara, y no con qué cara lo hago, pero este cambio de imagen forzado, a pesar de ser banal, superficial, anecdótico, lo he vivido como un pequeño luto. Una derrota triste. Porque no era ninguna decisión, era una nueva renuncia, una prueba más de que no tienes la vida bajo control. Otro aprendizaje en la aceptación de la nueva realidad. Volví de la peluquería preocupado por mis orejas, que aprovechan la ocasión para exhibir sin reparos su tamaño y separación. Y tuve la suerte impagable que el primero de recibirme en casa fue mi hijo pequeño, de 8 años. "¡Pero qué guapo que quedas con la gorra, papá, qué envidia!", exclamó con unos ojos brillantes y una sinceridad entrañable. Me cayó la lagrimita, y era de alegría. Los adultos me hacen cumplidos amables, él expresaba su verdad íntima. Después le dijo a su madre: "¡Vaya morro que tiene papá: desde lo del cáncer se compra ropa chulísima que le queda súper bien!". Se refiere a las camisetas afelpadas para no pasar frío con las quimios de invierno, las camisas blancas de manga larga cuando en verano no me podía tocar el sol, pantalones con goma para la colostomía: ropa que compro por prescripción médica, no estética , y que a él le enamora porque la lleva su padre.

Ya lo he entendido, y espero que para siempre, y deseo con el alma que "siempre" sea mucho tiempo. La belleza está en la mirada, y no hay privilegio más hermoso que ser observado desde el amor incondicional y la alegría de vivir, como hace esta criatura dulcísima, que es ante mi corazón y mis ojos la belleza absoluta.

Invertimos en peluquería, cremas, ropa y gimnasio, y bien hecho está, porque hay que cuidar el cuerpo, y necesitamos gustarnos para agradar. Pero no hay ninguna inversión más segura y rentable que rodearnos de personas que nos quieren tal como somos, que nos encuentran guapísimos al margen de lo que dicte el espejo. Porque nos miran siempre con buenos ojos."
C. Capdevila



16 oct 2016

Hace catorce años un monstruo vino a verme

Hace catorce años un monstruo vino a verme. Tenía doce años y lo ha cambió todo.
¿Cómo es vivir una vida sin Él?
¿Cómo son unas navidades sin Él?
Un verano sin ese monstruo, una graduación o un cumpleaños.
Es como la maldita sombra en las fotos de El sexto sentido.
Viví doce años sin Él y apenas recuerdo nada de aquel periodo.
Ni siquiera es un monstruo de película. No viene nunca a mi ventana en forma física. Además de un cabrón, es un coñazo. Un fastidio siempre presente. En esta mesa, en aquel viaje, en este 2016. Es uno más de la familia. Quizás deberíamos haberle puesto nombre. ¡Bienvenido! A partir de ahora te llamaré Judas, te llamaré traidor. Ponte cómodo, me quedan fuerzas locas.

14 oct 2016

Inconmensurable

Este dolor no puede medirse.

Un corazón roto o un cuerpo hecho un amasijo de huesos se recupera con el tiempo, pero este desconsuelo no tiene modo de ser curado, ni siquiera hay forma de suavizarlo unos minutos.
Pero además, y eso es lo peor, nadie sabe medirlo.

Ni treinta apisonadoras pasando por encima de una escuela en el día de fin de curso pueden hacer tanto daño. Ni cincuenta puñaladas en el torso de la misma persona. Ni aunque fueran propiciadas por tu propia madre. Estando ella consciente. Y tú sin perder la conciencia. Con los ojos abiertos. Contando cada incisión.
No hay nada tan doloroso como este dolor.
Ni cuando te deja tu pareja el día de Nochevieja. Ni los desahucios, ni la pobreza, ni un huracán que acabe con todo.

No hay nada tan doloroso como que no haya cura para el dolor.
Ni hay nada más desesperante que no encontrar la medida para cuantificar el dolor y que los demás lo sepan.
Hoy me duele cien terabytes.
Me duele cien hectáreas.
Aquí me duele tres meses.
Me duele cinco lustros, cien amperios, mil grados, ochenta vatios.

No hay nada tan doloroso como no saber ponerle nombre el dolor.

12 feb 2016

El poder de las camillas

Cuando me tumbé en la camilla y esperé a que llegara la doctora el ritmo de mis pensamientos se multiplicó por infinito.

En apenas cinco minutos pude:
analizar la colocación de los elementos situados en el techo (trampilla de ventilación, tubos de fluorescentes, detector de incendios),
percibir la cadencia del ruido de la calefacción (golpe, golpe, ronroneo; golpe, golpe, ronroneo),
comprobar el olor a fármacos y sueros de la mesilla (que descansaba a dos palmos de mi camilla),
separar cuatro veces la sábana de papel que se me pegaba a la espalda desnuda, al cuello desnudo, a los nervios desnudos,
seguir repetidamente las técnicas de respiración Alexander (vaciar diafragma-esperar varios segundos-llenar los pulmones-iniciar la respiración desde el pecho desnudo)
y desear creer en un Dios todopoderoso, compasivo y curativo que se lleve la enfermedad, la espera y el terror. Un Dios que acabe con los incendios, con el sudor de la columna vertebral, con el ronroneo -que es amable y peligroso-. Que me levante de esta camilla y me arranque estos pensamientos.