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8 may 2011

Paloma.

- Ya, sé que parece una locura, pero estoy totalmente segura. Que sí, que es información de primera mano. No te rías, que el pobre novio lo debe de estar pasando fatal, porque encima ha sido con su mejor amigo. No, el mejor amigo de Paloma no, el mejor amigo de él. No, ¿cómo voy a saber por qué? Qué sé yo. El tiempo, supongo. El maldito tiempo, que siempre está aquí, expuesto delante nuestro, hiriendo solo con su presencia. Yo... hubiera vendido la mitad de mi alma por un amor como el suyo. ¡Qué manera de amarse! Siempre radiantes, con aquella vida abismal, inmensa. Alguna vez Paloma me ha visto mirándolos embobaba, como si nunca hubiera conocido a dos enamorados. Y lo cierto es que algo así no lo había visto en años, un amor tan terco, sin descanso, tan procaz y cadencioso. Ahora pienso en cómo han terminado y se me revuelven las entrañas y se me sacuden como si todo el viento de Chicago, ya sabes, la ciudad de los vientos, hubiera entrado dentro. A veces me vienen ráfagas de nostalgia y, otras veces, de aparente calma. Porque todo está perdido, de antemano -dice Martina, sujetando el teléfono con una mano y alisándose la falda con la otra, caminando hasta el lavabo. Se miró al espejo y tanta pulcritud le hizo daño.

22 abr 2011

Guión de un ligoteo.

EXT. CALLE ANTIGUA DEL CENTRO DE MADRID – ATARDECER.

Un barrendero amontona la basura en la entrada de un restaurante de lujo. En la calle solo hay una pareja de ejecutivos trajeados. MARTINA (21) aparece corriendo desde una calle secundaria. Lleva un vestido de tirantes de flores y chaleco de color salmón y calza botas de militar. Al llegar a la puerta del bar colindante al restaurante de lujo, se suelta la larga coleta castaña y entra decidida.

INT. BAR – ATARDECER.

En el bar hay una decena de personas bebiendo solas. Dos jóvenes extranjeros discuten con el camarero. MARTINA se dirige a la parte trasera de la barra. ÁNGEL (37) escribe en una agenda mientras bebe de un vaso de tubo.

MARTINA

Madrid da asco en Agosto. Los de Barcelona tienen razón: no tenemos playa y es como vivir en un asadero.

ÁNGEL la mira mientras habla y, cuando termina, vuelve a escribir en su agenda. Tiene el pelo castaño y ondulado, casi hasta los hombros. Viste unos pantalones vaqueros y una americana. Es diestro y aprieta con violencia el bolígrafo plateado en las hojas.

MARTINA se desabrocha el chaleco, pero no se lo quita.

MARTINA

No hay nada que hacer en Madrid en agosto. ¡Es tan desolador! Ni siquiera parece que haya mendigos en las esquinas, ni músicos en el metro. Todo el mundo está fuera. Todos han hecho sus maletas y se han ido felices con sus familias. Bueno, puede que algunos no sean felices, ¡pero al menos están en la playa! ¿Qué importa si la que está a tu lado no te hace feliz, o si tus hijos son unos ignorantes que no llegarán a nada en su vida, mientras tengas el mar abierto en frente? El mar abierto… Salvaje. ¿Y qué hay de salvaje en Madrid esta noche? Bueno, ni siquiera ha anochecido y ya estoy convencida de que esta noche será una porquería. ¡Míranos a todos los que estamos aquí! Es este ambiente asolador el que nos exprime y deprime. ¿Lo has notado?

ÁNGEL, distraído, levanta un segundo la mirada de sus notas y mira a MARTINA confundido.

ÁNGEL

¿Notar el qué?

MARTINA

¡Este calor asfixiante! ¿Cómo no vamos a oler mal si la temperatura en esta ciudad no baja de los treinta grados? Parecemos los animales tristes del zoo de Madrid, vagando por estas calles esperando a que alguien nos lance una botella de agua fría. ¿Es que no sientes el aire enmohecido? ¿No se te pega la camisa al pecho? ¡Por Dios, pero si llevas una americana! Debes estar enfermo. ¿Acaso no estás a punto de desmayarte?

ÁNGEL se mira el pecho y después fijamente a MARTINA. Ella lleva las uñas cortas pintadas de rosa y colorete por encima de las mejillas. Tiene un lunar debajo encima de la ceja derecha que a veces se esconde con el flequillo, cuando mueve rápido la cabeza.

ÁNGEL

No tengo calor. Puedo pedirte una cerveza, o agua, si tú sí tienes calor.

MARTINA

Claro, gracias. Una cerveza estará bien. No será como bebérmela en la arena de una cala del sur, pero estará bien. Por cierto, me llamo Martina. Nací en Granada pero me mudé cuando tenía cinco años. No recuerdo muchos detalles de mi infancia, pero conservo alguna fotografía de cuando aprendí a andar y se aprecia que amaba la playa. Bueno, no sé hasta qué punto se puede amar a un objeto sin vida. Aunque, pensándolo bien, el mar tiene más vida que tú y que yo juntos. Me refiero a que no sé si se puede amar algo que no sea humano. Ya sabes, amor… amor.

ÁNGEL

Yo amo mis dibujos.

MARTINA

¿Dibujas? Uau, adoro a los artistas. Lo máximo que puedo dibujar es un paisaje soleado de montañas. ¡Se me da tan mal! De verdad, te reirías de mí si vieras mis garabatos. ¿Te dedicas a ello? Seriamente, digo, como medio para ganarte la vida.

ÁNGEL

Bueno, sí. Hago algunas cosillas… Cabeceras para unas revistas e ilustraciones para una editorial infantil. Nada del otro mundo.

MARTINA

¡Eso es maravilloso, me encantan los niños! ¡Quiero tener centenares de hijos! Uno artista, otro cocinero, un cirujano, una bailarina de ballet… ¿No te parecen adorables esos mocosos? Porque yo adoro a esos renacuajos. ¡Aunque luego cuando crecen…! Pero bueno, no se puede pensar siempre en el futuro. Hay cosas que hay que hacer ahora, y si luego un hijo te sale tonto, ¡pues qué le vamos a hacer! Pero hay que pensar en el presente. En este abril. Que ya han pasado demasiados abriles y hemos dejado sin hacer muchas cosas que queríamos haber hecho. ¿No te parece? Yo ya estoy cansada de tantos errores. Es como vivir un eterno agosto en Madrid. Ya está bien de dejar de hacer cosas. Así que recoge tus cosas, voy a enseñarte unos jardines que hay aquí cerca.

MARTINA se levanta corriendo de taburete. ÁNGEL la mira confundido e intrigado sin moverse.

MARTINA

¡Vamos, levántate! Déjate llevar, que no te guíe tu cabeza, que te guíen tus ganas.

ÁNGEL

Martina…

MARTINA le interrumpe mientras empieza a hacer pataletas delante de él.

MARTINA

¿De qué tienes miedo? Ya eres todo un hombre, no debería darte miedo un jardín. No es el jardín del Edén, no vamos a tener todos esos hijos si tú no quieres.

ÁNGEL

Vale, vamos al jardín. Pero si tenemos un hijo, se llamará Simón, como mi padre.

MARTINA

Vale, acepto el trato. Firmo sentencia para el primero de nuestros hijos.

11 mar 2010

Sobre los coloquios y las palabras en general.

ESPERE VERDE.

Es la primera vez que siento estos nervios; quién sabe cuándo volverán. Estos nervios, desesperados, que han secuestrado mi voz. No hay palabras, me digo. Hay rugidos, mohínes de sonidos que nadie entiende. Desde las gradas me obligan a hablar. Me lo propongo. Lo intento, bajito. Pronuncio lo siguiente: "Nunca me has necesitado". No, no, no, no. No, Patricia, piensa. ¿Qué quieres decir? Que todo ha sido maravilloso. Segundo intento, casi no oigo ni yo mis palabras: "Mi sonrisa sería más bonita si tú jugaras con mi falda". Miro al techo, plagado de focos, y lo veo todo blanco. Imagino que ahí arriba hubiera un Dios, el Dios de los coloquios, y le agradezco que me haya dejado sin voz mientras no acudan a mi boca palabras coherentes.

Mirando hacia las gradas vuelvo a ver las mismas miradas insistiendo en que diga algo. Venga, Patricia, imagina que este fuera el coloquio de tu vida. Y cojo el micrófono. No tengo ya más opciones que hablar, porque han encendido ese foco que centra toda la atención del público en una persona. Y esa persona soy yo. Así que me convezco para hablar, pero sin mirar a la gente: no quiero que sus miradas me hablen.

Entonces separo mis labios y hablo:

Te busco en todos los recreos, ¿sabes? Te tiro tierra a los ojos y al día siguiente te busco impaciente, nerviosa la comisura de los labios. ¿El dolor quién lo-cura? Que te curen ese dolor, que quiero empezar a correr. Que hoy es un día precioso, aunque me choque contra el suelo y me sienta tan imbécil. Hoy es un día espectacular. Hoy es el mejor día del mundo. Aunque no tenga palabras y mire al cielo, y en este techo no haya más que cables que me iluminan. Hoy es el día en que contesto bien en vez de bueno cuando me preguntan que qué tal.

Y para terminar, les agradezco que me hayan obligado a hablar. Qué descanso este del sabido discurso bien hecho. Qué bien saber que, desde algún día y para siempre, tengo voz.

Buenas noches desde mi escondite, que ahora es la casa de todos ustedes. Gracias por haberme mirado con la obligación de hablar en sus ojos. Quizás mañana todos sonrían. Suerte, y hasta la próxima.