8 may 2011

Paloma.

- Ya, sé que parece una locura, pero estoy totalmente segura. Que sí, que es información de primera mano. No te rías, que el pobre novio lo debe de estar pasando fatal, porque encima ha sido con su mejor amigo. No, el mejor amigo de Paloma no, el mejor amigo de él. No, ¿cómo voy a saber por qué? Qué sé yo. El tiempo, supongo. El maldito tiempo, que siempre está aquí, expuesto delante nuestro, hiriendo solo con su presencia. Yo... hubiera vendido la mitad de mi alma por un amor como el suyo. ¡Qué manera de amarse! Siempre radiantes, con aquella vida abismal, inmensa. Alguna vez Paloma me ha visto mirándolos embobaba, como si nunca hubiera conocido a dos enamorados. Y lo cierto es que algo así no lo había visto en años, un amor tan terco, sin descanso, tan procaz y cadencioso. Ahora pienso en cómo han terminado y se me revuelven las entrañas y se me sacuden como si todo el viento de Chicago, ya sabes, la ciudad de los vientos, hubiera entrado dentro. A veces me vienen ráfagas de nostalgia y, otras veces, de aparente calma. Porque todo está perdido, de antemano -dice Martina, sujetando el teléfono con una mano y alisándose la falda con la otra, caminando hasta el lavabo. Se miró al espejo y tanta pulcritud le hizo daño.

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