Se dispuso a levantarse. Hablaba con irritación. Últimamente, cada vez que hablaba conmigo, terminaba el coloquio en una nota de enojo y furia, de verdadera furia.
(...)
Ahora, una vez más, me hice la pregunta: ¿La quiero? Y una vez más, no supe qué contestar; o, una vez más, mejor dicho, por centésima vez, me contesté que la odiaba. Sí, me era odiosa.
Había momentos (cabalmente cada vez que terminábamos una conversación) en la que hubiera dado media vida por estrangularla.
El jugador,
Dostoyevski.
No hay comentarios:
Publicar un comentario