13 jul 2011

Desolación, Madrid.

Oiga, que aquí todos tenemos motivos para pasarnos la semana enfadados. A todo el mundo le hacen la puñeta en el trabajo y nadie se acuerda de llevar las bolsas al súper cuando va a comprar.
Todos nos creemos soldados, pienso a veces. Y tenemos la convicción de que vivimos en un campo de batalla y somos expertos en munición y estamos sobrados de valentía.

De entre todos los desgraciados de Madrid, uno mismo siempre es el más desafortunado. Saboreamos nuestro sufrimiento. Lo masticamos desde que nos levantamos y es lo último que escupimos antes de ponernos el pijama. Así es la vida. Amarga como el café de la mañana. Lenta como el regreso. Desquiciante como los "me gusta si a ti te gusta". Tan breve y tan mísera que se vuelve contra mí.

En algún lugar de sus bolsos están aburridos de esperar la sal, la pimienta, el aceite y todas esas cosas de los finales que acaban felices.
Pues, oiga, la tristeza de sus sonrisas me ha salvado la vida.
Sus presencias cada vez valen menos.
Y a mí Madrid cada vez me gusta más.

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