Cuando dejé el teléfono sobre la mesa, todos los que estaban en aquel salón me miraron esperando a que dijera algo ocurrente. Les pedí una manta y cambié la tristeza por una copa de vino. Me observaron unos minutos más, confiando en que confesara que me moría de celos. Al cabo de unos segundos siguieron conversando sin entender la nostalgia. A veces me examinaban de reojo, con sus bocas riéndose, con bocados de asco y vino.
Eran las dos de la mañana y aquella noticia me pisó el cráneo. Desde entonces te odio porque cuando agarré el teléfono lo último que imaginé es que algo tuyo fuera a pisarme el cráneo. Las últimas palabras que escuché en aquel salón fueron "siempre serán una bonita pareja". No me dejaste ni una pizca de cráneo. Ahora soy el mayor atractivo de la fiesta. Me pregunto dónde estará mi cabeza.
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