Lo cierto es que Nancy acaba de perder a su bebé de un día. Y se agarra la tripa plana y lamenta no haber podido servir de cascarón a su hijo.
Han pasado tres segundos y todavía no ha pronunciado ni una palabra ni ha emitido un sonido. No importa, su gesto vertical transmite más que cualquier discurso.
Ya no habrá un niño blanquito y arrugado al que podamos enseñarle los valiosos valores y talantes de los que estuvimos hablando un rato atrás. Nancy no le pondrá música cuando sea un feto del tamaño de un guisante, ni le leerá poesía en la piscina de su casa nueva. Yo no podré cuidarle como si fuera mi hijo. Ya nadie aprenderá de mí que no hay que tener miedo a equivocarse y que los sentimientos de uno deben aceptarse, aunque sean nuevos y sorprendan, y te despierten en la madrugada y no te dejen dormir, y te obliguen a escaparte del trabajo y de las clases y de las reuniones sociales porque necesitas aire, aire, aire. Respirar.
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