4 jul 2010

La revolución del verano de 2009.

La historia no la forman las guerras, ni las luchas de clase, ni los golpes de estado.
Lo que realmente la constituye son las risas y las sonrisas, las tardes con lluvia, el sol a ratitos, los chocolates calientes que quitan el frío, los bombones bonitos, tener que hacer tiempo una hora porque acabas de perder el autobús, y todo eso que llegó a partir de la revolución del verano pasado en el país más bonito de mis recuerdos, Irlanda.


No sé lo que pasó. A lo mejor fue el exceso de ganas o los hidratos de carbono. El caso es que desde entonces todo es un poco más fácil. Siguen existiendo las mañanas vacías y los días que no tienen sentido. Pero llegan los hidratos de carbono personificados y hablamos de cosas tontas. Enséñame a hacer sudokus, apaga la luz (¡y si apaga al instante!), ¿bailamos un poco? (y junta raro las rodillas), ¿quedamos este viernes?... Y todo es un poco más fácil.

Hace un año entraron hasta la cocina. Entonces, decidí que podían quedarse para siempre.
(*plátanas en estado puro)


1 comentario:

  1. Me gusta mucho, echo de menos la vida de allí...


    Y siempre estamos a tiempo de revolucionar el 2010...

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