- A la gente le fastidia mi equilibrio, no les agrada. Saben que cuando están a punto de caer presa del pánico, cuando sienten que no pueden salir adelante, pueden venir a mí y contarme el dilema. Y si no consigo vislumbrar una salida, yo les diré qué es lo mejor que se puede hacer, el mal menor. Y como lo digo en voz tranquila, porque veo que se trata de un dilema y no me domina el pánico, se van tranquilos y hacen lo que tienen que hacer. Yo sólo les aclaro el problema y me resisto a amilanarme. Eso es exactamente lo que ellos necesitan. Pero esa misma actitud molesta a menudo a otras personas: mis superiores, mis amigos, Ángela, tú... Nunca entendí la razón.
- Porque a veces deberías tener miedo, tonto -dijo Elene dulcemente-. A veces deberías demostrar que estás asustado, obsesionado o enloquecido por algo. Eso es humano, un indicio de que te preocupas. Cuando te quedas tranquilo todo el tiempo, pensamos que nada te importa un comino.
- Bien, la gente debería saber que no es así: los que me aman, los amigos y los jefes, si es que vale la pena -Vandam lo dijo sinceramente, pero en el fondo se dio cuenta de que, en verdad, había cierta insensibilidad, cierta frialdad en su famoso equilibrio.
- ¿Y si no lo supieran...? -Elena había dejado de llorar.
- ¿Yo debería cambiar? No. -Vandam quería ser sincero con ella. Podía haberla mentido para hacerla feliz -. Sí, tienes razón, trataré de cambiar.
Pero, ¿cuál era el objeto? Si no podía ser él mismo con Elene, todo era inútil; la estaría manejando como todos los hombres que la habían utilizado; como él utilizaba a la gente que no amaba. De modo que dijo la verdad.
-Mira, así es como triunfo. Yo estoy al margen. Miro todo a distancia. Sí, me importará, pero me niego a hacer cosas sin sentido, gestos simbólicos, vacíos ataques de rabia. O nos amamos uno al otro, o no nos amamos, y todas las flores del mundo nada cambiarán. Pero el trabajo que hice hoy puede decidir si hemos de vivir o morir. Aunque... Sí, pensé en ti todo el día. Pero cada vez que lo hice mi pensamiento se desvió hacia cosas más urgentes.
Ken Follet
(La clave está en Rebeca).
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