Me moría de ganas de hacer equilibrismos por el borde de sus huesos, beber una copa y sentarme en el borde de la cama para ver cómo dormía. Quería comprar una brújula y lanzarla al lago; jugar en los columpios debajo de la lluvia y llegar a casa empapada, pero no pude hacerlo porque ya no había nadie que me subiera la manta hasta la nariz esa noche, y no quiero volver a estar enferma nunca más.
Todavía no quiero
ResponderEliminar