10 ene 2011

A ti quién.

Ha estado una hora cocinando la cena del reencuentro. Ahora se arregla el pelo frente al espejo del armario, colocando las horquillas entre los mechones despeinados. Nunca ha cocinado cordero antes, así que no está segura de que vaya a estar en su punto. Quizás un poco pasado, tal vez un poco crudo. Se esmera en elegir un vino desapercibido, ni muy espeso ni muy débil.

Apaga el horno y corre por el pasillo nerviosa cuando suena el timbre del portal. Deja entreabierta la puerta de madera mientras vuelve a la cocina para colocar el delantal que usó para no manchar su blusa.
Vuelve al salón, porque la puerta ya está cerrada, y comprueba que su compañero está tumbado, con los zapatos puestos y la chaqueta encima de la mesa disfrazada. Ve cómo intenta sacarse la camisa con esfuerzo mientras balbucea.
-¿Necesitas ayuda?
Ni una palabra, ni una señal. Si acaso, una mirada de rechazo, desafiante y ebria, que acaba por desplomarse.
-Anda, deja que te cuide.
Y se olvida de la cena, y del vino en la mesa, y del postre, y de la blusa recién planchada. Toda postura y mentira. Porque a ti quién te cuida, ¿eh, Martina? A ti quién.

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