Apaga el horno y corre por el pasillo nerviosa cuando suena el timbre del portal. Deja entreabierta la puerta de madera mientras vuelve a la cocina para colocar el delantal que usó para no manchar su blusa.
Vuelve al salón, porque la puerta ya está cerrada, y comprueba que su compañero está tumbado, con los zapatos puestos y la chaqueta encima de la mesa disfrazada. Ve cómo intenta sacarse la camisa con esfuerzo mientras balbucea.
-¿Necesitas ayuda?
Ni una palabra, ni una señal. Si acaso, una mirada de rechazo, desafiante y ebria, que acaba por desplomarse.
-Anda, deja que te cuide.
Y se olvida de la cena, y del vino en la mesa, y del postre, y de la blusa recién planchada. Toda postura y mentira. Porque a ti quién te cuida, ¿eh, Martina? A ti quién.
Yo la cuidaré siempre.
ResponderEliminarlinda historia
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