Tenía diecinueve años cuando aquella sensibilidad extrema y contraria a ciertas personas o temas nació en su cuerpo. Fue una alergia blanda y hermosa, nada parecido a eso que cuentan. No hubo vendavales ni corazones rotos. Fue una mujer adulta y no se sacó aquellas manchas ni frotando ni con medicinas. Las observaba por la mañana, tan rojas y abultadas, y después no volvía a prestarlas atención. Como esa clase de amor que se sabe que se tiene, pero no se grita. No es necesario exponerlo.
Esa clase de alergia, de amor de tercera, le siguió buscando meses después.
Lo que la piel decía es que era evidente que volvía a convivir con aquella sensibilidad extrema y contraria a ciertas personas o temas. Y todo el mundo sabe que la piel no miente.
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