8 feb 2011

La culpa es de uno.

No quiero ser de las que beben té delante de la televisión de madrugada, con el volumen casi imperceptible para no despertar a sus compañeros de piso.

No quiero calentarme las sobras en el microondas y comérmelas a poquitos delante de la pantalla sin ver realmente nada. No quiero ser una mujer de insomnios y soledades, con la mirada perdida y un regusto en las costillas que solo se aprecia si eres buen observador.



Quizá fue una hecatombe de esperanzas,
un derrumbe de algún modo previsto.
Ah, pero mi tristeza solo tuvo un sentido.

Todas mis intuiciones se asomaron
para verme sufrir;
y, por cierto, me vieron.

Hasta aquí había hecho y rehecho
mis trayectos contigo;
hasta aquí había apostado
a inventar la verdad.
Pero tú encontraste la manera
(una manera tierna
y a la vez implacable)
de desahuciar mi amor.

Con un solo pronóstico lo quitaste
de los suburbios de tu vida posible.
Lo envolviste en nostalgias,
lo cargaste por cuadras y cuadras
y, despacito,
sin que el aire nocturno lo advirtiera,
ahí lo dejaste
a solas con su suerte
(que no es mucha).

Creo que tienes razón:
la culpa es de uno cuando no enamora
y no de los pretextos,
ni del tiempo.

Hace mucho, muchísimo,
que yo no me enfrentaba,
como anoche, al espejo.
Y fue implacable, como tú
(pero no fue tierno).

(Miro como te vas adentrando en la niebla
y empiezo a recordarte).
Mario Benedetti



2 comentarios:

  1. ¿Y quién puede paliar tu soledad?

    O mejor, ¿quién quieres que lo haga? Poruque no todos pueden como uno quiere...y...¿de quién es la culpa? ¿de uno?

    Puede que todo sean solo sentimientos diferentes. O peor, no correspondidos.

    ResponderEliminar
  2. Pasaba por aquí... buen blog.

    ResponderEliminar