Porque tiritan. Los carteros de Correos de Alemania, digo.
Se congelan y no entran en calor aunque den zancadas largas para acabar antes su tarea diaria y poder llegar a casa a andar descalzos, libres de ataduras de horarios y de los entresijos de las calles del país. No les sube la temperatura aunque hagan volar en territorio amable todos los juegos de té antes de que llegue la hora de la cena y la casa se llene de -nada.
Se congelan, digo. Aunque se esfuercen en que la sopa de sobre del supermercado de debajo de su casa hierva en la vitrocerámica y rebose a la noche. Aunque se pongan dos pares de calcetines y un body y una bufanda y vivan enganchados a la manta eléctrica.
Se congelan. Los carteros de correos del mundo entero se congelan. No tienen alma. Lo siento, Inés, pero no tenéis alma. Será porque por sus manos pasan millones de historias de amor, de amistad, de ofertas, de rechazos, de intrigas, de mentiras, de excusas y pasiones que jamás (así pase catorce veces el cometa Halley) les pertenecerán.
Mmm, me gusta. Más o menos. Será que lo pillo. Bueno, más o menos.
ResponderEliminarÁlvaro
Que mejor respuesta a tu buen texto que algo que escribió Pablo Neruda:El cartero y Pablo Neruda:
ResponderEliminarNo, es más original seguir siendo cartero, así por lo menos, caminas mucho y no engordas. Nosotros los poetas somos todos obesos.