12 feb 2016

El poder de las camillas

Cuando me tumbé en la camilla y esperé a que llegara la doctora el ritmo de mis pensamientos se multiplicó por infinito.

En apenas cinco minutos pude:
analizar la colocación de los elementos situados en el techo (trampilla de ventilación, tubos de fluorescentes, detector de incendios),
percibir la cadencia del ruido de la calefacción (golpe, golpe, ronroneo; golpe, golpe, ronroneo),
comprobar el olor a fármacos y sueros de la mesilla (que descansaba a dos palmos de mi camilla),
separar cuatro veces la sábana de papel que se me pegaba a la espalda desnuda, al cuello desnudo, a los nervios desnudos,
seguir repetidamente las técnicas de respiración Alexander (vaciar diafragma-esperar varios segundos-llenar los pulmones-iniciar la respiración desde el pecho desnudo)
y desear creer en un Dios todopoderoso, compasivo y curativo que se lleve la enfermedad, la espera y el terror. Un Dios que acabe con los incendios, con el sudor de la columna vertebral, con el ronroneo -que es amable y peligroso-. Que me levante de esta camilla y me arranque estos pensamientos.

2 comentarios:

  1. Lo malo de los hospitales es que se te meten dentro,como ese olor tan peculiar que tienen,que te hacen sentir frágil,vulnerable y solo/a.
    Lo bueno de los hospitales es que te hacen relativizar los problemas y que consigues valorar más a quien está en la sala de espera,te escribe o se interesa por ti.

    Espero que la próxima entrada sea:

    Estoy bien,sana y rara,como siempre.



    PD. Sea lo que sea ESCRIBE.

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