Este dolor no puede medirse.
Un corazón roto o un cuerpo hecho un amasijo de huesos se recupera con el tiempo, pero este desconsuelo no tiene modo de ser curado, ni siquiera hay forma de suavizarlo unos minutos.
Pero además, y eso es lo peor, nadie sabe medirlo.
Ni treinta apisonadoras pasando por encima de una escuela en el día de fin de curso pueden hacer tanto daño. Ni cincuenta puñaladas en el torso de la misma persona. Ni aunque fueran propiciadas por tu propia madre. Estando ella consciente. Y tú sin perder la conciencia. Con los ojos abiertos. Contando cada incisión.
No hay nada tan doloroso como este dolor.
Ni cuando te deja tu pareja el día de Nochevieja. Ni los desahucios, ni la pobreza, ni un huracán que acabe con todo.
No hay nada tan doloroso como que no haya cura para el dolor.
Ni hay nada más desesperante que no encontrar la medida para cuantificar el dolor y que los demás lo sepan.
Hoy me duele cien terabytes.
Me duele cien hectáreas.
Aquí me duele tres meses.
Me duele cinco lustros, cien amperios, mil grados, ochenta vatios.
No hay nada tan doloroso como no saber ponerle nombre el dolor.
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